08/05/2010 | Santa Rosa.- (APP) Lo destronó un poético equívoco y la rapacidad forestal se empeñó en borrarlo del mapa. Pero el caldén y no el litoraleño ombú continúa siendo el verdadero monarca de la provincia de La Pampa.
El estadista Luis Domínguez servía en 1842 como oficial del ejército argentino durante el Sitio Grande de Montevideo. En aquellos días difíciles dedicó estos versos al explorador Félix Frías:
Cada comarca en la tierra
tene un rasgo prominente:
el Brasil su sol ardiente,
minas de plata el Perú,
Montevideo su cerro,
Buenos Aires, patria hermosa,
tiene su pampa grandiosa,
la pampa tiene el ombú.
Lejos estaba de imaginar que el último de ellos arraigaría perdurablemente en nuestra memoria colectiva la errónea creencia de que los ombúes reinan en toda la pampa. Lo cierto, aunque la distribución de la especie abarca el oriente de la llanura pampeana, es que su presencia en esta región natural no pasa de marginal. Y más grave es el caso si pensamos en La Pampa como provincia, donde no existe naturalmente.
Lo que sí caracteriza al territorio provincial es un árbol de porte menos imponente que el ombú, aspecto sufrido y mayor rusticidad: el caldén, hermano de los algarrobos y miembro del género Prosopis que los nuclea. A diferencia de la mayoría de sus parientes, forma extensos bosques puros - llamados Caldenares - , aunque también se lo puede ver solitario, como un viejo patriarca en medio del campo.
Es la especie dominante de uno de los tres distritos que los botánicos reconocen en la región biogeográfica del Espinal, esa herradura de vegetación arbórea – suerte de Chaco empobrecido – que rodea las vastedades pampeanas. Se trata de un endemismo; vale decir, de una exclusividad biológica de la Argentina. Desde el punto de vista de la tan mentada biodiversidad tenemos, en este caso, a un exponente forestal que nos otorga una ventaja comercial (la del monopolio productivo) y una responsabilidad ambiental (la de manejarlo sustentablemente). Pero de tales cuestiones vamos a hablar más adelante. Por ahora, conozcamos mejor al protagonista de estás líneas.
DONDE EL DIABLO PERDIÓ EL PONCHO
Para muchos, allí está el Caldén. En el desierto o más lejos todavía. Claro, en general, sus bosques están rodeados por estepas poco vistosas. Y es en medio de ellas donde elevan el paisaje con su tono verde-opaco, sólo salpicado por las luminosas monjitas blancas que se posan en los puntos más elevados. Se trata de un bosque bajo, espectacular no por su desarrollo sino por su estoicidad. Es capaz, por alguna razón, de prosperar en un ambiente de suma aridez, desafiando carencias. En este sentido hace honor a la fortaleza, el salvajismo y la sonoridad que trasunta su nombre: ¡Caldén! Para el ingeniero Covas derivaría de “caldera”; mientras que para Juan Carlos Lasalle, de “calda” o “caldera”. Pero ambos autores concuerdan en que refiere a su uso como combustible para calderas, aunque no descartan de plano que se trate de un nombre indígena. Sea como fuere, lo indiscutible es que no figura usualmente en los libros de historia argentina, como si sus protagonistas se hubieran desenvuelto en paisajes de flora gringa. Por eso no faltará quién imagina esos escenarios patrióticos con bosques de... ¡eucaliptus australianos! A tal punto llegó la diferencia que recién fue descripto para la ciencia en 1937, cuando el gran botánico Arturo E. Burkart lo bautizó Prosopis caldenia. Al mismo Burkart se le debe, además, el rescate de un aspecto olvidado: “Es interesante la utilidad de los viejos caldenes para los viajeros que deben realizar la ´Travesia´: en su hueco se forma – o han hecho los indios – las llamadas ´tinajeras´, recipientes en que se acumulaba el agua de lluvia de los pocos grandes aguaceros que suelen caer, manteniéndose largo tiempo fresca y en buenas condiciones”.
EL ÁRBOL HERÁLDICO
No todo resulta olvido. El caldén figura en el escudo de la provincia de La Pampa, como el venado de las pampas lo hace en el de la vecina San Luis. Entre nuestros árboles, sólo la araucaria o pehuén comparte ese honor. Además, fue y es sagrado para los mapuches, quienes lo llaman Huichru, Huilcuru o Huitrú, que querría decir “madera dura”. Entre ellos, el caldén que flanqueaba las “rastrilladas” o caminos del desierto era considerado “engualichador” (recordemos que Gualicho era el espíritu maligno) y para tener un buen viaje daban vueltas a su alrededor y le dejaban prendas colgadas sobre sus ramas, como pedacitos de trapos, ovillos de lana, hilos, botones o cualquier cosa que perteneciera al viajero.
Mucho más no se sabe de su relación con la historia. Sin embargo, hay unos pocos caldenes “históricos”. Claro que escasamente conocidos. Algunos, incluso, ya desaparecieron. Por ejemplo aquel que mandara señalar el caudillo Facundo Quiroga y prestara sombra a sus despojos. También corrió el mismo destino aquel ejemplar que se alzaba –casi a contramano de nuestra cultur – en la plazoleta porteña Provincia de La Pampa, en 9 de Julio y Alsina. ¿Lo habrá volteado el olvido, como diría don Atahaulpa Yupanqui? Por suerte todavía existe al noroeste de Santa Rosa –sobre la ruta 148, señalado por un cartel de Vialidad Naciona – el centenario caldén de La Maruja. Este ejemplar compite en prestigio con el caldén de Matusalén, que exhibe su frondosa copa en el Parque Provincial Pedro Luro. De todos modos, sería buena idea hacer un inventario de los “gigantes” de pie, para buscar, medir y proteger con honores al Caldén más añoso que se conozca, dado que no son pocas las diferencias sobre especímenes mayores a los mencionados.
La mayoría de nuestros poetas y escritores clásicos no lo han homenajeado tan generosamente como al gigantesco ombú (¡ contra el cual nada tenemos!). Pero, por ahí anda un lindo comentario a favor del calden, surgido de la pluma de don W. JAIME MOLINS: “¡Qué árbol más expresivo, más lleno de dolor y de amor, más hospitalario y más humilde , más generoso y más eterno!”. Estas palabras no son poca cosa, y menos aún cuando resultan mezquinas las paginas que nuestros escritores han dedicado a la especie . ¡Como si fuera menos árbol que los demás! Afortunadamente, algunos poetas puntanos y pampeanos están saldando esta deuda literaria . Don JUAN RICARDO NERVI, uno de ellos, dice en su poema Herrero y nauta:
-¿Que sabes del caldén
tu, que lo has visto
Morir de pie en la pampa...?
¿Sabes que a veces llora,
y a veces , canta ...?
lo hiere el cortafierro,
la gubia lo desgarra,
y, lo mismo que el sándalo,
cuando más lo golpeas
es mayor su fragancia...
¿Sabes tu que dormita en la madera,
despierta, y es la estatua
que alguna vez soñó con el arrullo
de palomas torcazas...?
¿Que sabes del calden...?
¡míralo ahora,
si tu pupila alcanza
a penetrar el ritmo que lo anima,
lo que pervive
mientras todo pasa...!
UNA HISTORIA NEGRA (COMO EL CARBON)
Se dice que “hay quienes pasan por el bosque y no ven más que leña para el fuego”. Quienes han pasado por los caldenares bien pudieron haber inspirado el dicho. Allá por el 900 se lo convirtió en parquets para pavimentar algunas calles de Buenos Aires y Bahía Blanca, vale recordar como dato anecdótico, que en 1960, poco antes de crease el Parque Nacional Lihuen Calel, unos de los contados escudos de la especie, el ingeniero forestal Milán Dimitri contabilizó en La Pampa no menos de veintitrés aserraderos dedicados a la elaboración de estos “parquets” y otros productos. Entre estos figuraban postes, varillas, muebles rústicos, adoquines, hormas, poleas, carpintería fina, tallas, pisos y techos de colmenares artesanías (mates, morteros, bandejas, fuentes, utensilios de cocina, etc.), leña e incluso carbón, como sucedía en Córdoba para abastecer a los hornos de fundidos de minerales de la vecina San Luis. Tan múltiple explotación llevó a que la mayoría de los grandes ejemplares de calden sobrevivientes sean los de poco interés comercial; es decir, con troncos o “fustes” ramificados o torcidos, pocos aptos para su aprovechamiento maderero.
José Santos Biloni, el gran divulgador de nuestra flora arbórea, cuenta que durante la Segunda Guerra Mundial la falta de combustible hizo que “esta especie fuera excesivamente sobre explotada como leña para diversas industrias, máquinas ferroviarias, etc, a punto tal que se temió por su supervivencia”. Pasada la guerra, encima , la paz no llegó para los caldenes . En 1956 se extrajeron 133.000 toneladas de leña, 12.055 postes y 53.553 rollizos . Y si bien el “furor” hoy menguó, su explotación aún es significativa y nadie puede asegurar cuan sustentable resulta extraer unas 75.000 toneladas de su madera por año.
También es bueno conservar la memoria. Hace ya más de veinticinco años, el doctor Virgilio G Roig puntualizaba que “todo campo natural y aún los desiertos y subdesiertos son productores de recursos. El hombre extrae de ellos leña, maderas, forrajes, animales para su alimento, frutos, etcétera. La explotación de los campos puede prolongarse indefinidamente siempre que no llegue a esquilmarlos de tal manera que, roto su equilibrio, dejen de servir al hombre. Se habla, pues, de ellos como recursos naturales renovables, en cuanto pueden reaccionar positivamente a la explotación y producir siempre. Todo campo natural representa económicamente un capital que rinde un interés; es decir, su producción anual. Pero resulta imprescindible conocer cabalmente esa renta para no destruir el capital”.
Otro de los problemas que enfrenta el caldén es la quema para manejar los pastizales naturales o el sembrado de pasturas foráneas – por ejemplo, el exótico pasto llorón – en campos ganaderos como los de San Luis. Dado el servicio que presta a la hacienda con su sombra, es raro que se pretenda erradicarlo por completo. Pero cuando el fuego es de alta intensidad o con mucho material senecente se hace difícil salvarlo de morir quemado, por más que se trate de un árbol bastante resistente y con alto grado de recuperación después de haber sufrido incendios. El Centro de Recursos Renovables de la Zona Semiárida (CERZOS), dependiente de la Universidad Nacional del Sur, ha determinado que en caldenares afectados por pastoreo a largo plazo se contribuye a la formación de densos arbustales, los cuales reducen marcadamente la producción del forraje que necesita ese mismo ganado. El crecimiento de la leñosa es de aproximadamente un metro cúbico por hectárea al año. Y el de su diámetro, para el mismo período, de unos 0,4 centímetros. Lo que se denomina forestalmente “turno económico” (es decir, el número de años que debe transcurrir desde el nacimiento hasta su aprovechamiento), se estima para esta especie entre los ochenta y los cien años, edad en la cual su tronco alcanza unos cincuenta centímetros de diámetro.
El valor económico del caldén es parcialmente conocido y con un sesgo estrictamente ligado a lo forestal. Se desconoce o ignoran los beneficios económicos que reporta desde el plano ambiental como garantía del caudal de las cuencas hídricas, defensa contra la erosión y refugio para la fauna. También que su sombra brinda hospedaje a otras plantas, entre ellas forrajeras de gran importancia para la ganadería y especies de uso medicinal como el guaycurú (Prosopanche americana), que parasita sus raíces y es considerado un expectorante y antiasmático muy eficaz. Y mucho más que puede ayudar a comprender la evolución del clima pampeano, como notó el doctor Juan V. Monticelli en 1983 al analizar los anillos de crecimiento de un ejemplar centenario de Luan–Toro, aserrado seis años antes.
Por marzo y abril, promediando el otoño, las chauchas del caldén tapizan de amarillo el suelo, indicando a los cazadores la llegada de la época en que “el jabalí esta gordo”. Entonces hasta los ratones de campo trepan a sus ramitas -y a varios metros de altura- para comer las chauchas “a punto”. Cuises y vizcachas, por su lado, prefieren las “pasadas”, que caen del cielo como bendición. Y el águila coronada –que reposa, vigila y nidifica sobre las copas– oficia de testigo de todo este ajetreo. El resto del calendario no resulta menos movimentado. Entre las ramas o debajo de ellas, encuentran refugio armadillos, marmosas, comadrejas, pumas, gatos monteses y zorros. Bajo la arrugada corteza anda una que otra araña “pollito” (Grammostola) capaz de un buen susto. Y, como saben los amantes de las aves, la seducción de los caldenares hacia la avifauna regional se deja sentir con elocuencia. Calandrias reales, pepiteros, siete colores, auroras, crespines, guachos y cardenales amarillos son ciudadanos de las copas, mientras el gallito copetón hace correrías bajo sus sombras. En medio del tortuoso ramaje hasta tiene cabida una presencia misteriosa e inquietante: la del caburé, “El Rey de los Pajaritos” como suelen mentarlo en el campo.
Por todo esto, pampenos y duchos en las cosas de nuestro campo llegan a fastidiarse cuando oyen aquello de “La Pampa tiene el Ombú”. Como dando un revés, replicarán con justicia: “¡La Pampa tiene el caldén!”. Y están en lo cierto. (APP)
*Publicado en Vida Silvestre, mayo/junio de 1998, y Rumbo Sur, 2005