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Poemas de Juan Carlos Bustriazo Ortiz

06/06/2010 | Santa Rosa.- (APP) Poemas de Juan Carlos Bustriazo Ortiz, quien falleció el pasado martes en su La Pampa natal, a los 81 años. Era considerado uno de los autores más destacados de la poesía argentina contemporanea. Tenía seis libros editados: Elegías de la Piedra que Canta (1969), Aura del estilo (1970), Unca Bermeja (1984), Los Poemas Puelches y Quetrales (editados en conjunto en 1991) y Libro del Ghenpín (2004). Pero más de 70 libros inéditos. "Era alguien tocado por la rara facultad de encontrar en las palabras la forma de devolvernos una imagen de las cosas y de lo que pasaba. Piedras, personas y personajes, padeceres y amores que se creía conocer, tomaban forma a través de sus versos, se descubrían esenciales o en pliegues que solo el poeta era capaz de ver y contar", dijo en una semblanza del autor el diario "La Arena".

el intenso dice



un adiós el intenso dice una sombra mi amor aterciopelada palaciega en esta tarde regocijante y tristonosa las gentes se ponen máscaras oh mi amor se sacan los rostros se arrancan infantilizados la identidad remota y saltan saltan y no son langostas siquier y tristemente remedan al ancestral sagrado qué estoy diciendo mi amor yo celebrante rojo celebrante amarillo y negro y azul huelo a collón a piedra pintada a sien quemada huelo a corazón ahumado huelo a rodillas blanconas a canillas bermejas mi amor dios quiera que no pienses como yo en esta tarde que huele a tambores colorados a bajo vientre castaño a tobillos simulones a talón pintarrajo mientras la soledad los va comiendo y chilla





La tejedora puelche



Andaba doña Gregoria el caserío,

ofreciendo sus matras. Un día se fue

del pago. Los paisanos conservan

sus trabajos todavía, llenando con sus

colores los humildes recintos de los

ranchos...



Aquí viene llegando

la tejedora puelche,

la que tejía sus matras

lo mismo que su suerte.



Venía siempre al pueblo

en busca de la gente,

saliendo de la tarde

como una chilca verde.



Llegaba despacito,

subiendo desde el este,

allá, donde el río seco

se junta con la muerte.



Chamal rojizo y verde,

color que trae la suerte.

¡Ay, tejedora puelche!

tu sombra siempre vuelve.



Hoy suben de la tierra

tus raíces silvestres,

los vivos colorinches

de tus lanas alegres.



Loco el viento de junio

castiga, pardo y fuerte,

con tus matras yo tengo

la sola patria puelche.



Y aquí te dejo viva

memoria del Oeste,

derramada en mi canto

como un río ferviente.



Chamal rojizo y verde,

color que trae la suerte.

¡Ay, tejedora puelche!

tu sombra siempre vuelve.







El viejo Quintín, “intruso”



Después de lunas y lunas,

lo quieren sacar del campo.

Hoy lo he visto, cobre antiguo,

tierra y temblor, sueño amargo.



Allí está su sombra india

casi tocando la ausencia,

como si fuera a quedarse

ahí mismo, sobre la hierba.



“Hace años que trabajamos

este campito nomás...

Me dicen que soy intruso

y que me debo marchar...”



Casi nunca viene al pueblo,

su sangre apenas lo lleva,

y en sus ojos hace tiempo

que anda rondando la niebla.



Tener que irse y tan solo...

La tierra tiene otro dueño.

Don Quintín, cómo decirte

que los intrusos son ellos!



“Hace años que trabajamos

este campito nomás...

Me dicen que soy intruso

y que me debo marchar...”







Volviendo Don Correa...



Me contaron que siempre guitarreaba,

llenando de alegrías los patios de

los ranchos sonoros y con luces...



Ahí llega el viejo Correa

saliendo de la mañana

como apartando la niebla

con sus largas manos pardas.



Regresa como trayendo

de su antiguo tiempo puelche

sus yuyos de curar tristes

y sus vinos de la suerte.



Esto es ya cosa del sueño,

pero fue, y aquí lo cuento.



Lo cuento porque se me hace

que un día volvió subiendo

al perdido paradero

donde andaba su recuerdo.



Llegó hasta la casa aquella

de adobes acurrucados;

se hizo aleteo el saludo,

rojo en el aire y quemando.



Tal vez parezca que sueño,

pero yo estoy bien despierto.



Se fue otra vez don Correa

con su tiempo guitarrero,

rumbo a los cerros azules,

lleno de vientos jumeros.



La niebla lo trae ahora

con su solo paso andando.

Vino a mi voz su recuerdo:

aquí estoy para nombrarlo.



Esto, repito, no es sueño;

fue hace tiempo, pero es cierto...







Carapacha Grande



Andando los campos, caminos del monte, vimos en la tarde la Carapachá; la huella era polvo cegador y rojo, y alto, amarillento, era el pajonal.



Las peñas cobrizas eran como el lomo de una fiera antigua de dormida edad. Peñascal oscuro, máscara de piedra, guerrero de cobre, casa del pencal!



Carapacha Grande, Carapacha Grande...Y el río espejeaba como un pedernal!



Encendida greda, blanda como un lecho, ramitas resecas, hueso vegetal. La tierra era pobre como el lugareño; vagaba en el campo, triste, el animal.



Brillaban insectos bajo flechas de oro

que los traspasaban, filos de cristal.

El río viajero tardaba y tardaba...,

y el hombre y la bestia lo iban a buscar.



Carapacha Grande, Carapacha Grande! Y el río espejeaba como un pedernal! (APP)






 

 

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